Yo, definitivamente, odiaba bañarme en la mañana. Cuando abandonaba la calidez inexorable del agua de la ducha, mi pelo liso en mi espalda me enviaba escalofríos por todo el cuerpo, dificultándome la difícil tarea de mantenerme con un humor aproximadamente aceptable para las leyes humanas.
Esa fatídica noche no había tenido tiempo de bañarme, como acostumbro. Aquella noche tuve que ofrecerles mi amarga compañía al código civil, el penal y a los decretos legislativos.
No era muy difícil de notar, a penas tomé las primeras clases en este país, que recibirse en leyes en esta isla no es tarea fácil. Japón es un país cuya jurisdicción legal está basada en el derecho civil. Claramente importado de Francia y Alemania durante el período meiji. Revisando a los autores salta a relucir la influencia del derecho anglosajón. Creo que es una consecuencia inevitable del tiempo de ocupación aliada al final de la segunda guerra mundial.
Las jurisdicciones estaban divididas en tres: El tribunal de apelación, el tribunal Supremo y el tribunal del distrito, al que yo estaría atada el resto de mi vida.
¿Conclusión? Estaba más entregada a la ley que cualquier otra cosa. Me apoyé con desdén cerca de la ventana que daba a la calle, al mismo tiempo que le echaba un vistazo rápido a mi celular (Inútilmente, claro está, ya que nadie tenía el número. Bueno, técnicamente sí hay alguien, mi madre. Pero no es como si ella fuera a mandarme nada. No hasta que no inventen el ántrax vía-telefónica). Me asomé al balcón de mi apartamento y reconocí a un chico que solía pasar por la universidad. Probablemente, de esos que recursan y repiten constantemente. Como dije, era difícil volverse abogado en Japón. Por eso son tan requeridos
Y tan aprovechados de la escasez de los de su misma especie.
Caminé a la cocina arrastrando mis pies, y con la mirada perdida. Manoteé de la mesa los cigarrillos, y me deslicé a la habitación contigua con sigilo perfecto. Muy perfecto para el poco público que tenía. Chasqueé los dedos cuando me di cuenta de que me había olvidado el encendedor y de mala gana prendí un fósforo, matando dos pájaros de un tiro: Prendiendo la hornalla para calentar agua, y mi primer cigarrillo del día.
Sí. Aquella era mi manera de decir Buenos días. Desvié la vista hacia la pava llena de agua, y me maldije mentalmente, sabiendo que era capaz de quedarme ahí, observando, hasta sentir el agua llegar al punto de ebullición como un suave ronroneo. Caminé con soltura hacia el living, acariciando con la yema de mis dedos las fotocopias desparramadas en la mesa. Me senté y pasé páginas sin ton ni son, a penas prestándole atención a los títulos
Por un segundo, se presentó, nítida y detallada, la imagen de los profundos ojos grises del psicótico del día anterior. Carraspeé y me levanté, sacudiendo la cabeza. Caminé a paso lento a la cocina y sin ninguna clase de apuro preparé un té, con el código penal apoyado en la mesada.
El artículo 19 del Código Penal establece que toda cosa que sea un elemento constitutivo de un acto delictivo, toda cosa que se haya utilizado o que se haya pretendido utilizar para la comisión de un acto delictivo, etcétera, podrá ser confiscada, esta disposición pone en aplicación el artículo 61 del Acuerdo sobre los ADPIC. Repetí mirando a una cuchara, como si a esta misma le interesara muchísimo la penalidad en Japón. Aunque hice bien en avisarle. Tal vez, algún día, yo podría cometer un crimen y la confiscarían como prueba. Inteligente matar a alguien con una cuchara. Morboso. Hasta cierto punto, porque es más agradable que un cuchillo y un tenedor. Una muerte más armónica. Un armónico morbo.
La tarde transcurrió sin mayores sobresaltos. Claro, si dentro de la definición de sobresaltos no entra el hecho de aquel anochecer descubrí tres nuevas maneras de perder el tiempo usando un encendedor. Todo un logro para mí, si se me permite aclarar. Una vez mi mente y yo coincidimos en que técnicamente habíamos perdido suficiente tiempo productivo en imbecilidades de diversas índoles (tales como garabatear el alfabeto griego en mis apuntes, o bien escribir en dos idiomas distintos la lista de compras en el mercado, etcétera), decidí abandonar la comodidad de mi pijama y cubrirme con ropas socialmente aceptables para la vía pública.
Moví las llaves entre mis dedos mientras juntaba lo que tenía que llevar en mi cartera para el día de clases. Bajé las escaleras con tranquilidad. Estaba yendo con tiempo de sobra. El suficiente como para mantener mi cabeza ocupada en otra cosa, y no volver al recuerdo de la noche anterior.
Traspasé el umbral del instituto, soltando un suspiro. Eran muchas cuadras. Pensé seriamente en armarme una carpa/refugio en la puerta de la universidad. No se me ocurría una excusa suficientemente válida para eso (en términos legales, claro), pero no iba a ser difícil inventarse algo.
Miré el reloj con desdén. 19:10. Había perdido noción del tiempo. Caminé hasta la cafetería con los ojos entreabiertos. El pseudo-simpático dependiente rechoncho me sonrió, galante, aunque sabía de antemano que sus intentos de (como mucho) llamarme la atención resultaban carentes de remuneración, de beneficio alguno. Él era casado, y yo tenía amor propio. El suficiente.
Me tendió la taza, susurrando palabras que no escuché, mientras hacía gestos para que tomara el café que él sostenía en sus manos. Me crucé de brazos mirándolo, esperando pacientemente. Dejó la taza sobre el mostrador y la tomé rápidamente, casi quemándome por las gotas derramadas. Dejé un billete donde hacía un segundo estaba el café y enterré mi vista en el código penal, en un rincón de la cafetería.
Sin quitarle la vista a los papeles que tenía desparramados por la mesa sobre Shigenobu Okuma, tanteé mi cartera, buscando sentir al tacto la forma rectangular de la caja de cigarrillos. Alcé la mirada cuando noté que una sombra se colocaba frente a mí, buscando claramente taparme la luz para que abandone la lectura con el propósito superfluo, egoísta y absolutamente torpe de que yo concentre mi atención en él. Alcé la mirada. Aquel carilindo tendía con irritante (para mí) amabilidad (para él) una caja de aquello que yo buscaba. Le sonreí con fingida cortesía, negándome con la cabeza.
Insisto siseó él, mi compañero de curso. Suspiré por lo bajo y abrí mi cartera con un manotaso. Extraje la caja de cigarrillos, mostrándosela, y saqué uno, colocándolo sobre mis labios, mientras con la otra mano le hacía un gesto poco amable para que se alejara. Me miró con una ceja arqueada, no acostumbrado al rechazo. Y aún ahí parado.
Insisto sonreí con morbo. Bufó resignado, devolviéndome la sonrisa, y me dejó sola. A mí, y a mis cavilaciones. Y a Solón, claro. Revisé una vez más el concepto de timocracia y propiedad mientras sacaba el encendedor de mi bolsillo. Miré el reloj de la cafetería de soslayo, sabiendo que lo que tardaban dos cigarrillos en consumirse equivalía al tiempo justo para irme a la clase.
Me incorporé, volviendo a meter las cosas dentro de mi cartera, apareciendo con sigilo en el hall principal, donde estaba la escalera gigante de mármol y bronce corroído. Imponente. Debería hacer un análisis en base a qué tan pequeña se siente la gente ante este hall. Se llamaría algo así como
¿Monografía del empequeñecimiento frente a lo arquitectónico, escrito por alguien con suficiente tiempo libre como para ponerse a pensar en ello? Me reí mentalmente de mi propia ocurrencia y me dispuse a subir.
En la clase pasada, el profesor (un abogado defensor joven, pero con problemas de vista que triplicaban su edad) había hablado acerca de un primer acercamiento a los juicios. En ese momento me dirigí rápido a la puerta. Si iban a empezar con esa patraña pedagógica del primer impacto frente a una corte, bien podían guardárselo para un lugar que no estuviese a mi alcance. Donde les plazca.
Terminé de subir las escaleras, y tomando en cuenta que una fumadora con cuatro pisos en sus piernas no trae ninguna clase de usufructo, me apoyé contra la pared haciendo un ruido seco al hacerlo, buscando recobrar el aliento.
Me tomé unos importantes 45 segundos para mentalizarme y entrar al aula, buscando con la mirada mis apartados rincones, motores del placer más grande en cuestión académica. Era como mi escondite personal. Una vez localicé el sagrado y esquinero lugar, apoyé mis cosas y me senté de mala gana, cruzando las piernas.
Buenas tardes murmuró, a penas audible para el oído humano, mi compañera usual de banco.
Mph solté a modo de saludo, apoyando con desdén mi mentón sobre mis palmas.
No te ves animada hoy Sonrió, marcando las arrugas de las comisuras de sus labios al hacerlo. Alcé la cabeza, mirándola a los ojos. Dio un respingo ante el contacto de miradas, calmando el gesto solo segundos después, tomándose el pecho con las manos.
No solés verte animada Rectificó, mientras yo le hacía una suave reverencia con la cabeza, a la vez que torcía algo parecido a una sonrisa. Nunca.
Le guiñé el ojo con picardía, demostrándole lo complacida que estaba ante su respuesta, su reciente averiguación sobre la variable constante de mi humor diario.
De todos modos
comenzó con pesadez, como si tuviera miedo de mí sigo notándote extraña.
Arqueé una ceja, acomodando el cuaderno de apuntes de la materia sobre mi pupitre alejado, repasando las canas de la mujer con mis ojos.
Rara. Repetí, esperando una explicación, como si hubiera dicho una palabra de diccionario y pacientemente, esperara su definición.
Tus ojos Me dijo, sin voltear a mirarme, pendiente de los movimientos del profesor, que recién había entrado a la clase.
Mis ojos
Volví a repetir sus palabras con más exasperación aún, algo exacerbada por el tiempo que se tomaba para explicarme. Extrañamente, le estaba dando más importancia de lo habitual.
No suelen ser muy expresivos
La miré con seriedad Está bien, está bien. No son expresivos nunca. Pero hoy
suspiró, algo alborozada, deduje yo que de alivio por el valor que había tomado para decírmelo Hoy hay algo en ellos. Diferente.
Buenas tardes La voz grave y amable del profesor interrumpió la amena charla. El tipo siempre se veía animado (probablemente producto del entusiasmo generalizado naciente de su condición de novato en el asunto de la docencia)
Irritantemente animado, claro. Debo confesar que a veces, el buen humor de la gente me quitaba de mis casillas. Eh, directamente, la gente me irritaba. De sobremanera. A veces pienso que debería haber nacido tostadora. Algo inanimado. Algo que no debería (ni podría, técnicamente hablando) exacerbarse con la
raza humana en general.
Estoy muy complacido
comenzó él, haciendo gestos de grandeza con las manos. Mucha grandeza para su voluble mortalidad, teniendo el cuenta el humor que yo tenía ese día, plus mis expectativas con respecto a aquello que lo podía tener así de animado. Mi compañera sonrió ante mi rostro de fastidio
por el siguiente anuncio que voy a hacerles.
Rodé los ojos, marcando con los labios las palabras qué emoción, rozando el cinismo puro o la morbosidad sucia.
Debo dar cálidamente la bienvenida
Esto parece un talkshow
Sonreí levemente ante el comentario del muchacho que estaba sentado frente a mí en aquel salón con pupitres dispuestos como gradas. Disimuladamente, el chico hizo un gesto como si tuviera un micrófono ¡les damos una cálida bienvenida aaaaaa
!
a un famoso abogado defensor, y un reconocido fiscal que ejercerán tutoría sobre este curso miró a mi compañero (ese que estaba gastándolo) con una fulminante sonrisa casi homicida. Se escucharon unos golpes suaves en la puerta Por favor, adelante
titubeó Abstury, el profesor, con un brillo casi emotivo en los ojos tras el vidrio de sus lentes.
No imaginé qué era lo que realzaba tanto sus emociones. No. No estaba preparada para volverlo a ver. Me eché para atrás al verlo, espantada.
Era él. Él. Él. El tipo que la noche anterior me había metido en su coche a la fuerza, argumentando que me estaban persiguiendo. El mismo tipo que me llevó a mi casa y esperó pacientemente hasta ver las luces de mi apartamento encendidas con gesto preocupado, como si realmente esperara fervientemente que yo llegara bien a mi casa. La primera persona en la que, por una milésima de segundo, me hizo sentir confianza.
El gesto de su rostro se asemejaba al que yo debía tener en ese momento. Estaba igual o más sorprendido que yo de verme allí sentada. Ese-psicótico. Me incorporé, dispuesta a abandonar el aula en ese preciso momento. El aula. La materia. La carrera. El país. Comencé a murmurar incoherencias, mientras tomaba mis cosas para largarme de allí. Iba a hacerlo, de no haber sentido una mano suave sobre la mía.
Quedate me dijo (más bien, ordenó) en una especie de trance mi compañera de banco con un tono extraño para el que solía usar con el resto del universo. Pestañeé varias veces, mirándola.
Nos encantaría, para aquellos que no los hayan reconocido, que se presenten ante la clase.
Los murmullos de asombro se esparcieron rápidamente por el aula. Yo no separaba mi mirada de la de él. Ambos estábamos petrificados.
Me volví a sentar ante un imprevisto tironeo de Winston (mi compañera). Me sonrió y asintió con la cabeza. Yo sabía que ella siempre había estado inmersa en el mundo de la adivinación y el ocultismo y que intentaba, sin usufructo alguno, que yo me prestara a sesiones. Siempre fui algo reacia a lo no explicable.
Soy-- Bueno
El de cabello más oscuro en punta se rascó la nuca, sonriendo como imbécil, halagado por la incertidumbre que había causado su aparición. Carraspeó, acomodándose la horrible corbata que llevaba, y volvió a dirigirse a la clase Soy Phoenix Wright, abogado defensor del Bufete Wright & Co., discípulo de la fallecida Mia Fey. Es-- Un placer Tartamudeó.
Los alumnos comenzaron a aplaudir sonoramente, más que nada, y como si hablase de una obviedad, los que se sentaban en lo que llamábamos el sector AD (Abogado defensor, aunque soy consciente de que no es ni muy elaborado ni muy difícil de deducir).
No me di un segundo para pestañear. Aquello entorpecería de sobremanera la inseparable conexión visual que yo estaba teniendo con él. Y ese fue el momento. El bendito momento. El maldito momento. Cuando supe su nombre.
Miles Edgeworth. Me miraba a mí. Me lo decía a mí. No se estaba presentando frente a una clase
Se presentaba ante mí. Fiscal jefe de este distrito. hizo una leve reverencia con la cabeza a modo de saludo. No pude evitar soltar un gemido de frustración, tapándome la boca con las manos al hacerlo. Winston sonreía, complacida.
Brillan. Me dijo, logrando que yo comprendiera al instante que se refería a mis ojos.
Un compañero se puso de pie para aplaudir al fiscal Edgeworth, cosa que logró que este diera un respingo. Al parecer, no le agradaban aquella clase de expresiones de gratificación hacia su persona.
Es un honor, realmente, tenerlos en la clase, Wright, Edgeworth añadió Abstury Son, sin duda, un gran ejemplo para los estudiantes.
Él era fiscal. Él era ese famoso fiscal jefe implacable, discípulo de aquel alemán Von Karma. Y, aunque era la primera vez que escuchaba su nombre (y dicho por sus mismos labios), sentí un golpe en el pecho que no me era familiar.
Eu, Dollface
no reaccioné al apodo hasta que tocó mi hombro ¡Ey! ¡La lista!
Tomé la hoja de las asistencias que me tendía mi compañero y escribí mi nombre casi sin mirar, con el pulso tembloroso.
Deduje que, por primera vez, sentía pánico grande. Eso debía ser aquella sensación abrazadora, abominable y molesta. Esa opresión en el pecho debía ser miedo. Maldije el hecho de tener que compartir la clase con ese tipo. Lo maldije MIL y un veces. Y pronuncié su nombre mentalmente mil veces para odiarlo.
Lo vi desviar la mirada a otros alumnos por primera vez, balbuceando algo para sí mismo.
Maldito seas. Miles Edgeworth.
Sí. Eso pensé.














Comments
Me gustó mucho el fic! sobre todo por lo violador psicótico que está Miles
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Sí apareció él, 8D. Pero vos Sssshhh!
Ah, ¿te gustan los violadores psicóticos? *se aleja unos pasitos* ah-- ahá... claro... eeerr...
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~ ippen... shin demiru?
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~ ippen... shin demiru?
jajaja XDDDDDDDDDD
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~ ippen... shin demiru?
Y más si usan traje!
Excelente, espero la tercer parte!
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o(^^o)(o^^)o
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A ver cuando está el tercero.
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