Farfullé a la vez que apretaba con fuerza el manubrio de mi coche. Estaba decidido a rechazar la amable oferta de manera absolutamente cortés. Tan cortés como solo yo podría llegar a hacerlo. Con todo lo que la palabra cortesía implica para mí. Pero en ese momento no pensaba en estudiar la semiología de palabras que no venían al caso. En lo único que pensaba era en el tono exacto en el cual gritaría un sonoro y concluyente NO a la propuesta que me habían realizado a penas hacía unos minutos del momento en el que me subí al coche como alma que lleva el diablo.
Está bien. Acepto que pretendía hacerlo directamente por teléfono y no tomarme la molestia de ir hasta allí
Pero el director de la policía era el que me había llamado. Y realmente no quería atragantarme con la comida desde esa noche, todas las de mi vida digamos que él era, en sí, una persona
persuasiva - Así que iba a ser mejor en persona. Sí, tal vez podría esconderme tras algo al momento de negarme y que el jefe comience a tirarme diversos objetos contundentes en potencia de arma (y de posible derrame cerebral para mí) al grito de Edgey, no me parece que debas rechazar mi propuesta.
Paré en un semáforo, apoyando mi codo sobre la ventanilla
Calculando (seriamente) el tiempo que se tardaría en correr hasta el auto desde la oficina del decano de la universidad de leyes (En serio).
Yo había sido invitado a ser parte de un nuevo plan de estudios del lugar en el que me recibí de fiscal. Hacía años que no pisaba ese lugar, ni tenía intenciones de hacerlo, si cabe la aclaración.
Cuando recibí la llamada pidiendo mi participación en esa nueva (y descabellada) idea, pensé seriamente en negarme en todos los idiomas que había aprendido a lo largo de mis años de vida
Pero me pidieron expresamente que me presente en la escuela, y el petitorio vino con aquella voz ronca del jefe de policía.
Por algunos días, tenía que compartir el aula con alumnos de tercer año en la carrera, un profesor y Wright. Podría adjudicarle mil y un adjetivos a la idea, y ninguno se parecía a algo agradable. Sí. La moción me motivaba tanto como a un crío le motiva la metafísica (Y no digo que no existan los que se interesen). A su vez, los estudiantes vendrían a presenciar los juicios en los que Wright y yo participemos, dependiendo la carrera. Los aspirantes a abogados defensores irían a ver a Wright, y el montículo de futuros fiscales me observaría a mí.
Me atraganté ante la sola idea. La simple imagen mental.
Al principio creí que me iba a tocar lidiar con los junkaiin. Pero que se trate de gente de años superiores no significa que la propuesta se vuelva, por arte de magia, interesante a mis ojos.
Sonreí. Aquellos no deberían aprender exactamente de mí para convertirse en justos y honestos fiscales. Yo no era, bajo ningún punto de vista, un fiscal modelo. Cosa que no significa que no sea un buen fiscal. Dos términos diferentes.
Divisé con los ojos entreabiertos la intersección de las calles donde se encontraba la universidad de leyes, y un tumulto que se alejaba. Probablemente, los estudiantes del turno de la noche.
¿Qué se había cruzado por la cabeza de quien me designó para impartir algunas clases, sabiendo de antemano que los métodos que utilizo no son del todo ortodoxos? Es correcto, sí, y estaba bien que supieran que la vida no era un cuento de hadas. Que no existía la bella princesa de corazón puro, de esas que por poco se mimetizan con la naturaleza o se ven cubiertas de diversos animales silvestres, uno más tierno que el otro
hasta quedar aplastadas por una masa de pelo y ternura.
Y el príncipeOh. El hermoso y perfecto príncipe, montado en brioso corcel blanco. Palabrerío y patrañas diseñadas para llenarles la cabeza a las niñas de ideas utópicas y, por sobre todo, superfluas, que a fin de cuentas terminarían arruinándoles el autoestima y la existencia.
Estacioné de mala gana frente a la universidad, abriendo con rapidez la puerta. Rodé los ojos tan sólo imaginando la cara de una muchacha al enfrentarse a la realidad en la vida, al darse cuenta que no podía ser una eterna Blanca Nieves----
Y esa fue la primera vez que la vi.
Ella. No puedo calcular cuánto de ella vi en tan solo un segundo.
No parecía mayor de 18 años. La recorrí con la mirada centenares de veces. Rulos negros como el ébano, pronunciados como no había visto jamás, ojos grises sin aparente emoción en ellos, labios rojos como la sangre
y la piel extremadamente pálida. Blanca. Blanca como la nieve.
Apreté mi pecho con una mano, no comprendiendo la reacción natural de mi cuerpo.
Ella, ignorante de la repercusión que me había causado su aparición frente a mis ojos, tanteó su cartera y sacó de ella una caja de cigarrillos. Extrajo con delicadeza y parsimonia uno de ellos, colocándolo con sutileza seductora en sus labios. Yo no comprendía desde cuándo me fijaba en tantos detalles, y desde cuándo el corazón me latía de esa manera frente a una mujer. Yo no comprendía por qué sentía el irrefrenable deseo de proteger a esa chica.
Me tomé con torpeza que no era propia de mí de la puerta del auto, sin sacarle los ojos de encima.
Acomodó la falda que llevaba, exhalando el humo del cigarro con un suspiro lastimero y comenzó a caminar.
Me tomé la cabeza con ambas manos, sin comprender aquella sensación que me embriagaba. Me sentía débil y desprotegido ante un ataque indirecto de un enemigo inintencional. Sus fríos ojos grises no se posaron en mí un segundo. ¿No notaba acaso mi mirada inescrutable sobre ella, carente de banalidad? Ingenuo de su parte.
Ahogué un suspiro ronco al sentir que alguien se movía en una esquina sombría, siguiendo los pasos que esa chica había dado. Bajé la mirada, queriendo voltear hacia el auto para seguirla, pero al hacerlo noté el tatuaje que asomaba por la muñeca del encapuchado que caminó hacia ella con paso decidido. Asomaba, como dije, un tribal con un escorpión.
No había que estar demasiado adentro en el asunto de las leyes y la penalidad para saber que ese tatuaje sólo significaba problemas
e impunidad absoluta. Esas cosas juntas no hacían buena dupla. No si ella estaba entre medio de ambas.
Aunque creo haberme explicado perfectamente, no hay que ser iluminado para comprender que estaba entonces frente a un miembro de la mafia local. De esos que a los ojos de la justicia, son luz cegadora.
Entré al auto sin pensar exactamente en lo que hacía, cosa que no me era natural. No gracias al psicoanálisis, había entendido que yo era una persona de pensar mucho las cosas. Tanto que terminaba negándomelas todas. Retrospección, con carga negativa. Doblé la esquina con violencia, casi pisando al hombre que la seguía a ella. Tuve un cruce de miradas con él. La tensión que sentía en los músculos se afiló con el cruce del sutil color celeste de los ojos del furtivo con los míos. A una cuadra de distancia, ella estaba caminando a paso apresurado. Movía sus manos con lentitud meticulosa, intentando correr los rulos que se agolpaban en su rostro, dificultándole probablemente la vista. Atisbé por el espejo retrovisor, nuevamente, a aquel ser que la seguía y siguiendo un impulso apreté el acelerador y luego de un proceso mental de auto convencimiento (Para no dar marcha atrás y pisar al malnacido) derrapé levemente con el coche, abriendo al instante la puerta para que ella pudiera entrar.
Me miró. Giró su cabeza, esparciendo así sus rulos negros por su espalda, que desobedecían a la rustica unión que ella les había creado con sus manos. Toda mi atención estaba centrada en ese ser impío que caminaba hacia ella con gesto amenazante, cosa que ayudó a que no cayera en cuenta de la primera cercanía. La chica estaba ahí. A mi alcance
palpable. Real.
Entrá. farfullé, no queriendo dar demasiadas explicaciones, mirando con insistencia al espejo retrovisor.
Noté de reojo que arqueaba una ceja, moviendo suavemente su cuerpo para alejarse del auto que yo había puesto tan cercano a ella. Probablemente, había notado que estaba en el radio de mi alcance, y que podría tomarla con facilidad con sólo estirarme un poco. Tomé nota mental de aquello.
¿Qué te hace pensar que entraría al auto de un--? Extendió su mano para hacer un gesto y alejarse de mí. Aproveché el movimiento (agradeciendo la nota mental anterior) y la subí al auto de un tirón. De tan empecinado que estaba en alejarla de todo peligro casi no noté el temblor de su cuerpo frío al tener contacto con el mío. Me estiré un poco más para cerrar la puerta tras ella, que hizo un movimiento para zafarse y destrabarla. Pisé a fondo el acelerador, alejándome lo más que pude de allí.
Pese a sus intentos (lógicos, debo decir) de escapar, se la notaba tranquila. Sus ojos no mostraban ninguna clase de emoción alguna. Con el mismo gesto la había visto salir de la universidad, y con el mismo gesto la vi ser pseudo raptada por mí.
Cuando caí en cuenta de que ella no tenía idea de aquello que estaba sucediendo, la miré. No parecía percudida por mi manera de conducir (psicótica, sí. Peligrosa, también), pero aún así en el suave arqueo de sus cejas notaba cierta necesidad de información.
¿Dónde vivís? Pregunté, demasiado alterado para comenzar con el ritual efímero e insoportable llamado modales.
Se cruzó de brazos bajo su pecho, exhalando suavemente al hacerlo. A su lado, cualquiera se sentiría recién vuelto de la playa. La miré sin disimulo. Era increíblemente blanca. Como si no existiera sangre corriendo por sus venas. Como si tuviera un cadáver sentado en el asiento de mi auto. Un cadáver en el asiento del copiloto.
Arduos segundos pasaron que, para mí, fueron eternos. Y yo no encontraba en ninguno de ellos un vacío, porque en sí estaban llenos de palabras.
Un tipo te estaba siguiendo Expliqué, escatimando, haciendo uso de las palabras necesarias sin adornos ni vueltas. No era costumbre para mí comunicarme con otros seres humanos, por más primitivo que suene.
Ah, claro Soltó ella, llevando una mano a su pecho con fingido alivio y rodando los ojos con marcado sarcasmo Ahora me siento mucho más segura. En vez de que un hombre siga el mismo sendero que yo Tomé aire para responderle y replicarle, pero habló rápido, anticipando que yo intentaría acotar algo , ahora estoy en la clara confortabilidad y seguridad que sólo un auto de un extraño que me subió a la fuerza me puede brindar. volteó hacia mí, posando su mano en el asiento, colocando su peso sobre ella, cambiando el rictus sarcástico por uno duro Mi héroe.
Pensándolo bien, no estaba del todo errada. Tenía un punto allí. Pero no por el hecho de que tuviera razón tenía que dejarle ganar. Frené en un semáforo, y me ladeé haciendo el mismo gesto que ella, quedando cercano a su rostro, sintiendo su respiración fría chocar contra mi rostro.
Que tu argumentación tenga sentido no significa que estés en mejor posición. Noté como retrocedía lentamente, palpando tras ella, buscando el seguro de la puerta para bajarse ¿Qué no te enseñaron eso en leyes? la vi bajar suavemente la cabeza, disimulando desconcierto - Te recuerdo que en tu situación, soy el que lleva la ventaja.
¿Cómo sabías que ---? Preguntó, clavando sus ojos grises en los míos. Cuando iba a responderle, alzó la mano, callándome ¿Venís siguiéndome desde la salida de la universidad, no?
En efecto.
Se echó con lentitud hacia atrás, acomodándose nuevamente en el asiento. Rodé los ojos, entre anonadado y divertido.
¿Dónde vivís? reiteré, torciendo algo parecido a una sonrisa.
Puedo irme caminando. Gracias por tu rodó los ojos, poniendo el codo en la ventanilla y apoyando su mentón en la palma de su mano heroico salvataje. Alzó los hombros levemente, desviando su mirada a mí Nunca lo olvidaré.
¿Siempre reaccionás así cuando sos secuestrada? le repliqué, mirándola de reojo.
Es la primera vez que tengo el gusto. Enruló su cabello con uno de sus dedos, jugueteando con la hebra. Se la notaba algo resignada, pero no podía ponerle la firma a ello. No es como si la conociera del todo. Realmente, no es como si la conociera. Punto.
¿Dónde vivís? Repetí, hastiado.
Alzó la mano, señalando una dirección.
A cuadra y media de acá.
Mentís.
Se quedó algo perpleja, mirándome. A media cuadra de lo que ella me señalaba como su casa, había una comisaría. Debía admitir que fue listo de su parte.
¿Te basta con que te diga que-?
No. Respondió, anticipándose a mi pregunta.
Decime dónde vivís.
No. Repitió. Al instante, volteé a ella, divertido.
¿Entonces preferís que te lleve a mi casa?
La vi arquear una ceja, y aumentar levemente su ritmo de respiración. Revisé con insistencia cada retazo de su rostro: la inexpresión de sus ojos grises, el increíblemente pronunciado negro de sus amplios rulos, el rojo sangre de sus labios, la palidez fúnebre de su piel, sus facciones claramente extranjeras. Todo--- Armónico a los ojos. Atractivo. De mil y un maneras. Me eché hacia atrás, dando un respingo. Aquello era un demonio, y estaba haciendo estragos en mí. Y no iba a permitirlo. No iba a permitir que se lazo que me había atado a ella prolongara su existencia y me asfixiase hasta la muerte, que era más o menos parecido para mí a la dependencia. Aprendí a criarme y cuidarme sólo, y mi tranquilidad no iba a estar depositada en los hombros de una mujer. Y menos una tan chica.
Dejame ir. Me dijo con tono quedo, casi como una orden.
Pienso hacerlo. Le respondí escatimando la cantidad de palabras. Era una de las primeras veces que mantenía, en mi edad adulta, una conversación fluida con alguien que no incluyera a la policía o a los juicios. Frené, cansado del parloteo.
Ella bajó la cabeza, emanando un suspiro al hacerlo.
Son diez cuadras desde acá, doblando a la izquierda en la siguiente calle.
Se tapó la boca con una mano con disimulo, como si la confesión hubiera sido algo meramente inconsciente. Me miró, como si esperara que yo, por arte de magia, haya olvidado completamente sus instrucciones, pero intentando no demostrar aquel arrepentimiento. Torcí algo parecido a una sonrisa. Lo mejor que pude hacer en mis años de vida. Volví a poner en marcha el auto, sintiéndome absolutamente inundado de una sensación de tranquilidad que no conocía precedentes.
Dejame acá. Murmuró, mirando por la ventana. En el trayecto de las 10 cuadras que ella me había indicado, no habíamos cruzado palabra. Como si los dos estuviéramos acostumbrados al silencio. Por alguna extraña razón, la cabina del auto parecía haber aumentado de temperatura. Aún así, todo era calmo. Tranquilo.
Cuando me di cuenta, habíamos llegado a lo que sería la cuadra de su vivienda.
Y a este punto seguís siendo tan obstinada
deslicé mis dedos por el manubrio, mirando fijamente hacia adelante No sirvo para las conversaciones triviales como esta. Veamos si me explico
Me miró divertida, como si le hubiera propuesto un juego. Volteé y a cada palabra, me fui acercando aún más a ella.
Si te hubiera querido raptar
retrocedió un poco ante mi avance Matar
emanó un suave gemido de frustración al toparse con la puerta o violar
se encogió de hombros, mirándome ya lo hubiera hecho. abrió la boca como para decir algo, pero selló sus labios Y menos que menos te hubiera ofrecido traerte hasta aquí. Si fuera un stalker
la vi fruncir el ceño, sabiendo que era exactamente eso lo que pensaba No te estaría dando la posibilidad de ver la patente de mi auto y demandarme casi instantáneamente.
Calló, mirando hacia un costado.
Aún así
murmuró No podés pretender que confíe.
Comprensible.
Te estaban persiguiendo. Si te dejaba ahí
volví a mirar al frente, acomodándome en el asiento Dios sabe qué te hubiera hecho.
Señaló con la cabeza, con gesto resignado, un edificio en la mitad de la calle. No parecía estar mintiendo
Aún así, ya me estaba saturando la situación, así que abrí el seguro para dejarla salir.
Prefiero estar muerta o violada antes que deberte un favor. murmuró de espaldas, mientras abría la puerta. Vi una sombra moverse en una de las ventanas, pero le resté importancia. Dio vuelta la cabeza, como pidiéndome que me fuera. Fruncí el ceño, mirándola, no teniendo en mis planes moverme de allí.
Suspiró con impotencia, encogiéndose de hombros, y se dirigió a la puerta de su casa a paso calmo. Presté intensa atención a su figura, que se movía sin ninguna clase de apuro hasta el umbral de su hogar. Sacudí la cabeza ante las impuras imaginaciones que se me venían a la mente. No por impuras, sino por el revuelo que me causaban en el pensamiento, alterándolo hasta un punto enfermo.
Tanteó su cartera y sacó una llave que utilizó sobre la vieja cerradura de bronce. Me miró de soslayo.
Entró cerrando la pesada puerta tras sí. Tenía el cuerpo tan pequeño que la estructura parecía alzarse frente a ella como si fuese colosal, colosal ante un ser efímero. Aquello despertó un sentido en mí
desconocido.
Era indefensa. Frágil a la vista. Fría al tacto, como una estatua de hielo
absolutamente vulnerable a los agentes exógenos, posibles destructores de su estructura.
No sabía nada de ella. No sentía nada por ella: Sólo el irrefrenable, el maldito deseo de protegerla.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Ni sé cuánto tiempo tardó ella en subir. Podrían haber sido 10 minutos, que es lo que el reloj de mi coche decía. Podrían haber sido horas, que es lo que mi cuerpo había sentido. Horas con el corazón en la garganta, apretando con fuerza incontenida el volante del auto, que vendría a tomar el papel del receptor de toda la ira que sentía.
Alcé la mirada, y la clavé en el único piso que no tenía las luces prendidas. El octavo (y último) piso de aquel edificio estaba a oscuras, en la penumbra. No desvié la vista de allí hasta que vi las luces prendidas, y noté como la sombra de ella (reconocible a la legua de distancia por aquella mata de rulos que llevaba) se acercaba con lentitud a la ventana.
Puse en marcha el auto emanando un suspiro al hacerlo. Ella estaba sana y salva en su hogar. Aquello era más que un alivio para mí. Alivio que se veía obstaculizado porque mis sentimientos y yo intentábamos encontrar un sano medio. Supongo que no hay que ser erudito para comprender que yo quería un justo trueque. Porque sentía que aquello me desgarraba interiormente. Desde que ella había abandonado el auto, una sensación de pesadez y de una seguidilla de molestias internas me estaban aquejando.
Me alejé con lentitud del lugar, sin prisa alguna. Nadie me esperaba en casa.













Comments
Lo que más me gusta de este escrito, como la gran mayoría de los tuyos, es que no caen en las descripciones innecesarios o momentos densos que uno espera que terminen.
Realmente te felicito, y admiro por como escribis, y esta es una prueba de eso.
Ansio ver como va a concluir la historia.
Éxitos.
Termina que Miles se pone un parripollo y nada, todo sale muy bien, vende bondiola a buen precio (?!).
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~ ippen... shin demiru?
Mi mayor duda es... ¿Se pone el puesto en el tribunal junto al distuido juez? (No sé como sigue impartiendo justicia ese hombre o.Ó
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